La era del crimen

por Pok

La “edad del crimen” y el valor de la palabra

Por Guadalupe Beatriz Aldaco / Dossier Político

Diga usted señor juez:
¿cuánta sangre nos cuesta un kilo de justicia?
Francisco Morales, del poemario “Vasta,
informal manera de decir Acteal”

Esta época, dice el escritor y periodista Federico Campbell, pasará a la historia como “la edad del crimen”.

En México, si bien es posible rememorar otras épocas marcadas por el delito, la trasgresión de la ley, el atropello a los derechos, la injusticia, la impunidad, en ninguna ha coincidido todo esto tan plenamente con la jactancia insistente, sobre todo en el discurso gubernamental, de que en el país se han conquistado altos niveles de democracia y un progresivo respeto a los derechos humanos.

A pesar del pesimismo y el desencanto que nos congrega a muchos mexicanos, según los cuales pocas ingredientes más habría para abonar esos sentires, no deja de resultar sorprendente que ambas circunstancias se desarrollen de una manera tan disociada, tan dramáticamente ajena y opuesta.

Más ofensivo resulta aún que ámbitos en los que se han conquistado derechos sustantivos sean los más atacados por el crimen. Se “avanza” en libertad de expresión pero: se asesina a periodistas, se balacean oficinas de medios de comunicación, el gobierno presiona para que periódicos que ejercen esa libertad desaparezcan. Se “avanza” en los derechos de las mujeres pero: la violencia intrafamiliar se incrementa, la violación sexual es una práctica cada vez más ejercida por miembros del ejército pues el fuero los protege, guarderías en donde las madres dejan a sus hijos mientras trabajan violan la normatividad de seguridad y sus niños mueren calcinados. Se “conquistan” derechos electorales pero, vaya contradicción, el escepticismo y la incredulidad ciudadana crecen pues en el marco de ese terreno se viola constantemente la ley.

Sí, vivimos en la sociedad del crimen: es un crimen Acteal y sus 20 indígenas encarcelados injustamente por 11 años; es un crimen Atenco y los abusos y torturas por parte de los policías, sobre todo contra las mujeres (“fuimos insultadas, humilladas, golpeadas, torturadas, abusadas sexualmente y violadas…, fuimos tocadas, pellizcadas, pateadas, golpeadas con puños, toletes, macanas, escudos, en nuestros senos, nalgas y genitales. Nada nos podrá sanar el abuso sexual y la violación”, dice el testimonio de una de muchas mujeres víctimas de la infamia imperdonable); es un crimen la muerte de 49 niños y los daños irreversibles que padecerán varias decenas más de menores a causa de la negligencia y la avaricia de un grupo de empresarios y de la corruptela, irresponsabilidad y cinismo que compartían con funcionarios de los tres niveles de gobierno.

Es un crimen el caso de las indígenas Ernestina Ascencio Rosario y Jacinta Francisco Marcial; es un crimen que la diferencia entre ricos y pobres sea cada vez mayor; es un crimen que un ciudadano mexicano sea (casi) el hombre más rico del mundo y que campantemente conviva día a día (¡porque es en este país de pobres en donde ha gestado su riqueza!, ¿cómo?), por lo menos virtualmente, con 60 millones de personas sumidas en la pobreza; es un crimen el desmesurado gasto electoral en un país de la miseria, al grado de indignar al más común de los sentidos, propios y extraños; es un crimen el exorbitante salario de los “servidores públicos”, que ni sirven como deben ni lo hacen a favor del “público” sino para favorecer intereses privados; es un crimen el desempleo creciente, el sistema de educación maltrecho, la falta de oportunidades para los jóvenes (despojémonos del slogan, el reclamo es literal).

Es un crimen que por atacar al narcotráfico y al crimen organizado se violen los derechos humanos; es un crimen que los niños mueran de desnutrición y que las familias pobres tengan que comer croquetas de perro para subsistir; es un crimen que el secretario de Hacienda se atreva a decir que hay que “apretarse el cinturón” como si el cinturón de muchos ciudadanos no se hubiera ajustado ya hasta el ahorcamiento, experiencia que al señor Carstens le es tan ajena; es un crimen que el seudopresidente de la república que padecemos se atreva a retar a quienes señalan a las fuerzas armadas por abuso en “los operativos de seguridad”, a que demuestren “aunque sea un solo caso en que las garantías no se respeten o que no se haya castigado conforme a la ley”. Habrase visto tal simulación, tal cinismo.

Es un crimen que el gobernador de Sonora no haya pedido perdón de rodillas a los padres de los niños fallecidos en la guardería, porque una bodega que dependía de su administración no cumplía con las condiciones de seguridad que la normatividad exigía (culpa IMSS y empresarios adicionada, nadie lo niega), y porque a raíz de esa negligencia el fuego fatal se propagó hasta calcinar a los infantes y a desgraciar de por vida a muchos otros. Es un crimen, legal o moral, pero un crimen, que el gobernador no se haya erigido como el protector absoluto (más allá de su actuación “conforme a la ley”) de todas esas víctimas sonorenses, “orgullosamente sonorenses”, como él, que habitan (o habitaban) el mismo suelo que él gobierna.

Bien, todo esto ha ocurrido y la palabra de “los sin miedo” ha estado ahí, solidaria, denunciante: “Nos tienen miedo porque no tenemos miedo”, reza el himno de la artista y luchadora social Liliana Felipe. La palabra, el grito, el reclamo, el coraje, han estado presentes gracias a la sensibilidad, la aguda conciencia y la instintiva y reflexiva solidaridad de muchos ciudadanos, lo que reporta un aliciente inigualable para no perder la esperanza (por completo).

Pero es urgente plantearse una pregunta: ¿cuál es, actualmente, el valor de la palabra? Sabemos que la que proviene de las esferas del poder es una impostura, un fraude la mayoría de las veces, de eso no hay duda y sobran experiencias para demostrarlo, pero, ¿qué hacer para convertir a la palabra que denuncia, a la palabra que acusa con sensibilidad y con razones, desinteresadamente, en un arma poderosa? ¿Qué hacer para que la palabra denunciante tenga un efecto real en la sociedad del crimen? Ése es el reto ahora, y tenemos la misión histórica de despejar las interrogantes.

Por lo pronto, no lo sé, pero dice el poeta, artífice del espíritu de este artículo, el poeta Morales de la perdida Tijuana, de la hallada Tecate: “Has de decir Acteal/para pensar la muerte/hombre/amigo/camarada mujer. Es la palabra exacta/para pensar el miedo/la mentira/ el soborno/la desnuda matanza/“…la tarde es una sombra/de nubes sin apuro/y el café un bebedizo/para engañar minutos solamente…”. Acteal/ como una mancha./Tal/ sencilla palabra/en la desolación del pensamiento.

Fuente: http://www.dossierpolitico.com

Correo electrónico: aldacoe@gmail.com

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